Catalina Ramírez Venegas nació en 1989 en la ciudad de Concepción (Chile). Estudió Licenciatura en Arte en la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC), Pedagogía en Educación Media en la Universidad Finis Terrae (UFT) y posteriormente programas de Diplomado en Escultura en Cerámica (UFT) y Estética y Filosofía (UC). Desde el 2017 a la fecha, se desempeña como docente de los cursos de cerámica de la Facultad de Artes UC.
Ha estado unos días en la Murtra Santa María del Silencio con un grupo de docentes y estudiantes de la Facultad de Artes UC, participando en la fiesta de Ayquina, vivenciando el silencio de este entorno y experimentando con el barro en el taller de cerámica de la Murtra.
¿Qué te gustaría que estos estudiantes y profesores se llevaran de este retiro artístico que quizás no podrían experimentar dentro de una universidad?
La Residencia Artística que se despliega en la Murtra y Ayquina nos abre la posibilidad de experimentar el tiempo y el espacio de un modo único. El silencio, el paisaje, la arquitectura y la acogida de la Murtra nos permite llevar con nosotros una vivencia del tiempo más lenta y plena, de estar presente en la naturaleza y con nosotros mismos en dimensiones corporales y espirituales. De la Murtra me gustaría que se lleven la oscuridad de su cielo estrellado, los colores de la cordillera en los distintos momentos del día, el sol y el viento en el cuerpo, el silencio y la sensación de lo abierto. La fortuna, gratitud y calidez de que un grupo de personas que, aun cuando no nos conocen, abrieron y compartieron su taller con la confianza que nos entregaron para trabajar en él. Este espacio, a diferencia del contexto universitario, entrega posibilidades de percepción y reflexión que nos habilitan para encontrar otras maneras de desarrollar la búsqueda creativa.
¿Qué ocurre cuando un grupo de estudiantes y profesores de distintas disciplinas artísticas sale del aula y se encuentra con un territorio como el desierto de Atacama, con su silencio, su paisaje y la experiencia espiritual de Ayquina?
Surge la posibilidad de conocer otros modos de ver y comprender el mundo, de aprender sobre la sensibilidad de los otros y también de compartir en torno a un paisaje y sucesos tan particulares como el desierto y la fiesta religiosa que se emplaza en él. Además del aprendizaje se van tejiendo las actividades cotidianas de manera colaborativa y compartida, desde comer hasta dormir con otros, lo que profundiza y enriquece los vínculos entre los asistentes.
Del desierto y la experiencia espiritual en Ayquina, ocurre que uno se queda sin palabras y con la necesidad de decir que hay que estar aquí para dejarse afectar por la magnitud de lo que se vive. La experiencia conmueve, sacude, desborda y sobrepasa, en ese sentido faltan palabras para describirla y para explicar lo que le hace a uno.
Desde la cerámica, ¿qué se descubre en trabajar con el barro en este lugar, donde el hacer con las manos se une al silencio, la contemplación y la experiencia del desierto?
Tuvimos la fortuna de trabajar con una arcilla local que nos entregaron en el taller. En este sentido, puedo decir que emociona profundamente trabajar a partir de una materia local que lleva millones de años gestándose y estando en el planeta. Poder tocarla y hacer algo con ella, es desde el inicio, un regalo. Desde esa posición consciente de la materia con la que se interactua para crear, es posible entrar y desplegar un estado de intimidad con los procesos constructivos que se enriquece con el silencio. El silencio permite escuchar lo que hablan los materiales y el cuerpo que lo trabaja, en ese silencio donde se conversa a través del tacto y del movimiento, uno puede encontrarse con las formas latentes que residen en el barro.