Encrucijada de libertad

De alguna manera, la soledad tiene que ver con el espacio. La soledad es un aspecto de la persona que se inscribe en el espacio. Nos retiramos para estar solos, por ejemplo. Tomamos distancia de las personas, de las realidades que nos envuelven, para permanecer solitarios. Hay muchos espacios de soledad: bosques, playas, montañas, monasterios, la propia casa… Así como la soledad tiene que ver con el espacio, el silencio tiene que ver con el tiempo.
Hacemos ratos, horas, días, quizás semanas de silencio, cuando queremos adentrarnos en un tema concreto o queremos entrar en contacto con una realidad tan profunda que necesitamos escucharnos lo más nítidamente posible.
Soledad y silencio es la encrucijada del espacio y el tiempo. Y es, en esta encrucijada, donde el ser humano puede experimentar la libertad de manera más auténtica. Puede experimentarla porque cuando se está solo no hay nadie que nos juzgue. Estamos solos ante nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Es lo que se llama eternidad, que es un presente que incluye la totalidad de nuestra vida. Hace falta, sí, mirarnos y escucharnos con respeto, con seriedad, con curiosidad, con ternura, como lo haría un padre amoroso.
Por otro lado, cuando podemos asumir el silencio, no como un acallamiento de las voces que nos resuenan, sino como una escucha paciente y conciliadora, nos damos cuenta de que silenciar es más que apagar los fuegos de nuestra existencia. Hacer silencio quiere decir presenciar dichos fuegos, comprenderlos en su naturaleza y esperar a que hagan su tarea purificadora.
Pero, sobretodo, soledad y silencio son nido de la libertad, ya que es allí donde el ser y el estar de la persona hacen que seamos uno. Uno con nosotros mismos y uno con el resto del universo. Cuando se puede conseguir ser y estar a la vez, se despierta la consciencia de libertad. Ser quiere decir aceptar que existo, que tengo las posibilidades e imposibilidades que me hacen ser quien soy. Estar quiere decir poner mi ser en el contexto que me envuelve y hacer de mi existencia un servicio. ¡Qué libertad más maravillosa la de poder ser quien soy y poder insertar mi ser en el lugar del mundo donde está floreciendo mi existencia!
Bien dicen que nacemos solos y que morimos solos. Eso quiere decir que nadie puede nacer ni morir por nosotros, son experiencias personales e intransferibles. También comemos solos y dormimos solos, aunque estas acciones se puedan hacer en compañía. ¡Estamos solos! Esta afirmación quiere decir que cada persona somos una unidad y hay todo un abanico de cosas que sólo podemos hacerlas por nosotros mismos. Esta radical soledad se ha de aprender a descubrirla para poder vivir con nosotros mismos y convivir con el resto de la realidad. Aceptar mi soledad, darle un sí, lejos de apartarme de los otros, me acerca a ellos. Estoy solo, pero los demás también lo están. De esta aparente independencia nace la interdependencia. Todos somos seres con precariedades y, por tanto, con necesidad de otros que nos ayuden a sobrevivir física y emocionalmente. La perfección, el equilibrio de nuestra naturaleza es, precisamente, este desequilibrio que tiende a sobreponerse.
El ser humano necesita partir de la soledad para ir al encuentro del otro y, después, volver a esa soledad originaria. No cultivar este ciclo nos lleva a experimentar la vida de manera caótica, encontrándonos solos y desesperados en medio de la multitud. O perturbados y abrumados cuando queremos estar solos para pensar o sentir en profundidad.
Muchas veces nos percibimos condenados a la soledad. Y, en realidad, esta “condena” llamada soledad, no es sino la llave que nos abre la puerta de la libertad. Seguramente nunca acabaremos de aprender a estar solos, pero ejercitarnos en la soledad, sobretodo unida al silencio, nos aporta alegría, ya que contemplamos la realidad con más nitidez y paz. Desde lo que somos, desde lo que hemos sido y desde lo que podemos llegar a ser.

Javier Bustamante Enriquez
Poeta

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