Las palabras siempre quedan cortas para expresar lo vivido. Vine para un auto-retiro y terminé viviendo la experiencia de vivir en una comunidad contemplativa.
Los Andes y sus cumbres custodiaron mis pasos y silencios.
El sol curtió mi piel pálida y la llenó de vida.
El viento jugó con mi pelo y no le dio tregua al control.
La presencia de Lourdes, Olga, Elsa, Elena y Pepe fueron, en el silencio, mi compañía y sostén. Me llevo sus rostros, sus ojos y el reflejo de lo que en ellos vi en mí.
Cada vez que «bajé» al oratorio caminé hacia mi interior, y adentro estábamos mi yo real, mi yo testigo y Él en el sagrario. Nada más parecido a las moradas que describe tan lindamente Santa Teresa de Jesús. Encontré aquí, a miles de kilómetros de mi hogar, «mi morada».
Me voy con una palabra que hoy tiene sentido: hecceidad. En la Trinidad, Dios es comunión, sin pérdida de singularidad. En mí, la comunión con Dios despierta mi hecceidad más verdadera. Vivo la encarnación como la consagración definitiva de esa hecceidad.
Murtra Santa María del Silencio, espacio sagrado, que todo lo bueno esté disponible para este espacio y todos quienes lo habitan.
Claudia Valle Múñoz (febrero 2026)