En todas las culturas hay semillas de fe

Tiempo atrás fuí invitada a la celebración del 4º aniversario de fallecimiento de dos personas de Chiu-Chiu (altiplano chileno). Madre e hijo. La madre murió de cáncer, aún joven, rozando quizás los cuarenta. Su hijo de 22 años , con parálisis cerebral, no pudo resistir la tristeza y a los ocho días falleció.

La liturgia para recordarlos a ambos se realizó en el patio de la casa familiar, una vivienda humilde. La primera parte consistió en un acto religioso católico y seguidamente la “costumbre” o tradición de estas comunidades del altiplano andino chileno, concretamente del pueblo atacameño o lickan-antay. En un lugar del patio había una mesa cubierta con un mantel blanco y encima la foto de ambos fallecidos. A su alrededor flores, velas, hojas de coca, platos con comida y vasos con distintos tipos de bebidas. Son los alimentos y bebidas que eran del gusto de los difuntos. Cada persona que se acercaba a la mesa para saludar a las ánimas, cogía unas hojas de coca, las iba quemando en las velas y las depositaba en un plato. A través del fuego se lograba la comunicación con las almas. Con una flor sumergida en un vaso de agua bendita, se rociaba una cruz de tela.  Se musitaban oraciones y se hacían gestos de cariño y cercanía, tocando las fotos. En el mundo andino no se habla de difuntos, se habla de almas. No son seres del ayer, son seres del hoy.

Después nos invitaron a sentarnos para almorzar. Era una larga mesa que poco a poco se fue llenando de abundantes platos de comida, algunos de ellos preparados en el horno de barro que había en el patio. Comimos, conversamos, compartimos… en medio de la mesa, había dos recipientes donde de vez en cuando íbamos echando comida de nuestros platos, puesto que la comida había que compartirla con las almas que ese día, por estar precisamente de aniversario, “bajaban” a visitar a sus seres queridos.

Esas creencias y costumbres están arraigadas profundamente en esta cultura y conviven con la religión católica. La gente sencilla de estos pueblos no se hacen problema. Han integrado ambas formas de expresar su fe. ¿Cómo dudar de la presencia de Dios en esta mesa del banquete? Dios está allí donde no solamente se le invoca, sino sobre todo donde es posible vivir la fraternidad y el amor mutuo.  El teólogo catalán  Bentué, escribe que “la fe es amor expresado para con los que tengo a mi lado. Solo así se purifica del simple “idealismo” la fe en Dios invisible.”[1]

Lourdes Flavià Forcada

[1] Antonio Bentué, La opción creyente, Ed. San Pablo, Santiago de Chile, pp. 269

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