El silencio, espejo y mirador

El silencio es, hoy día, un bien escaso, una materia prima en peligro de extinción. Es algo preciado y, al mismo tiempo, temido. Nos quejamos de no tener espacios de silencio (en una encuesta sobre los problemas con los vecinos, la queja por el ruido era mayoritaria) pero cuando se nos presentan, no los aprovechamos, los rechazamos e, incluso, los contaminamos con mil y un aparatos de música, de sonido… ¡Todo vale para no «escuchar» el silencio!

Ciertamente, hay un tipo de silencio que sí hay que alejar de nuestra vida, luchar contra él; es el silencio fruto de la indiferencia hacia el otro, de la negatividad, un silencio letal que impide cualquier posible comunicación, aproximación o percepción de uno mismo, del otro o de la realidad que nos rodea.

El silencio auténtico, el silencio que estamos llamados a integrar en nuestro tiempo y espacio, es un silencio que nos permite ver nuestro ser, nuestra vida, relaciones, entorno…, con una nueva luz y perspectiva. Un amigo hacía una semblanza del silencio con una pantalla de cine, necesaria para que se puedan proyectar bien las películas. Si en nuestra vida no hay silencio, todo será como películas que, por muy interesantes que puedan ser, se pierden si se las proyecta sobre unas superficies inadecuadas. Es necesaria una «pantalla de silencio» para poder ver la «película» de nuestra vida.

Entrar en el silencio es hacer un viaje interior. Pero un viaje interior no para complacernos con el propio yo, sino precisamente para descentrarnos del yo y poder así tener una mirada más amplia, profunda, lúcida y objetiva sobre la propia realidad y la que nos rodea. Es, al mismo tiempo, espejo y mirador. Pero hacer esta travesía nos da miedo. Quedarnos solos y en silencio nos acerca a lo más íntimo del ser, de la existencia… Nos gustaría ser de otro modo, haber nacido en un entorno diferente, tener determinadas cualidades… La resistencia que ponemos ante el silencio es el miedo de vernos tal como somos y de descubrir que no somos una especie de dioses. Es el miedo de aceptar una existencia que es limitada y que nos ha sido dada. El propio ego es el gran enemigo del silencio, ya que entrar en su recinto es estar dispuesto a sacarnos las armaduras que cubren y esconden la realidad de lo que somos. Preferimos continuar viviendo en la superficialidad de la vida y no sumergirnos en su profundidad. Sumergirnos en las aguas profundas de la existencia nos hace fuertes, ya que las dificultades de la vida quedan trascendidas por esta realidad más gozosa de estar existiendo frente a tantas probabilidades de no ser. El miedo al silencio paraliza cualquier proceso hacia el desarrollo global y armónico de la persona, ya que, como señala Julián Marías, «el hombre no puede hacer nada interesante desde fuera de sí mismo».

Por otra parte, hemos heredado uno de los dogmas de la modernidad: el criterio de verdad es el sujeto y, sobre todo, su subjetividad. Y esto obstaculiza ver lo que es común y, al tiempo, evidente: que yo antes no existía y que podía no haber existido nunca si mis padres no se hubieran conocido; que el ser no me lo he dado yo, me ha sido dado; que un día moriré; que todos los seres humanos, por el hecho de existir, tenemos la misma dignidad y que somos hermanos en la existencia… Las evidencias quedan enterradas y es, precisamente, en estos ámbitos de soledad y silencio donde podemos hacer el ejercicio de desbrozar y contemplar la realidad tal como es. En el silencio no sólo evidenciamos que somos contingentes y limitados, sino que también vamos descubriendo otras realidades que se desprenden de éstas más fundamentales. Nos cuesta enfrentarnos al espejo y vernos tal como somos, ya que casi siempre nos gustaría ser de otro modo. Nuestro orgullo nos hace soñar irrealidades respecto al propio ser, en vez de aceptar con alegría lo que somos y hacer de nuestro bagaje una oportunidad para avanzar hacia una madurez y plenitud humana.

Somos seres contingentes. No aceptar esta evidencia nos lleva a un «desorden», a una especie de caos interno, a la envidia, a la ambición, a compararnos, a desea ser más de lo que somos. En cambio, la persona que se ancla en la realidad de lo que es, en la autenticidad, en la verdad —que es la humildad—, en la simplicidad y sencillez, puede decirse que tiene una salud global que se manifiesta con tonos de paz, de gozo y de armonía. Como bien expresaba el doctor Alfredo Rubio, «ser lo que soy no cuesta esfuerzo. Lo que cuesta es querer ser otra cosa, ser más o menos de lo que en realidad soy. ¡Qué felicidad ser lo que se es!» Ser personas auténticas implica hacer de los espacios de soledad y silencio una herramienta de vida.

Es precisa una ascética del silencio, de la soledad, para desprenderse de todo lo que nos priva de vivir más armónicamente con todo lo que existe. Pasar de una actitud utilitarista y consumista respecto a todo y a todos, a un estilo de vida y talante que es fruto de sentir y vivenciar que nosotros somos parte de este todo, hermanos de todo aquello que forma parte de esta misma ola de la existencia. Los espacios de soledad y silencio son el canal que nos lleva a saborear este regalo primigenio de sentir que existo y que existo con otros. Adentrarnos en el pozo interior y descubrir que el agua que nutre mi pozo procede del mismo manantial subterráneo que alimenta el pozo de cada uno, nos hace tocar las raíces más profundas de la solidaridad.

Hace un tiempo, el congreso Starlight de astrofísicos pidió a la UNESCO el derecho a observar las estrellas. Se quejaban de la contaminación lumínica que impedía la contemplación y estudio del firmamento. En el desierto de Atacama, al norte de Chile, se está llevando a cabo el proyecto más importante a escala mundial de radiotelescopios; se trata del proyecto ALMA, a través del que se pretende captar los sonidos del universo. Han elegido los parajes del desierto de Atacama por sus condiciones ambientales, cielos nítidos, un silencio denso… Esperemos que con el tiempo no tengan que presentar una queja porque la excesiva contaminación de ruidos de nuestro planeta, les impida escuchar otros sonidos del universo.

Lourdes Flavià Forcada

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