El silencio en la vida cotidiana

Muchos son los momentos durante el día en que se produce en nosotros el silencio. Ya sea un silencio que nace de lo profundo de nuestro interior: sereno, atento, de contemplación de lo que nos rodea. Por ejemplo, aquel momento que nos reservamos para la oración o la meditación y que requiere de cierto nivel de intimidad y disposición de nuestra parte. O, por otro lado, aquel silencio que tenemos que hacer frente a alguna situación concreta, externa a nosotros. Por ejemplo, cuando escuchamos al hijo o a la hija exponernos algún problema o alegría y nos damos cuenta de que más que un consejo necesitan ser escuchados. Nuestro silencio, entonces, sirve para acogerlos y dejarlos ser y mostrar lo que llevan dentro.

Hablar del silencio

El filósofo catalán Francesc Torralba comienza su libro Rostros del silencio, escribiendo: “Hablar sobre el silencio es un delito… Es atentar contra una realidad misteriosa e indescriptible, es pisar una tierra desconocida, es introducirse en un reino escondido y desértico donde la palabra es una intrusa”.

¿Qué es el silencio, entonces? ¿Qué es el silencio, si lo experimentamos de muchas maneras durante nuestra vida y siempre queda como algo que nos interpela, que nos cuestiona y que no podemos entender del todo?

Los ojos de un recién nacido, su llanto, su sonrisa, nos pueden dar una idea de las emociones que puede estar experimentando. Pero bien, bien, no podemos saber qué hay en esa ausencia de palabras.

El silencio que puede producir en nosotros la muerte de un ser querido es otra manera de silencio en donde las palabras no alcanzan a expresar lo que se siente.

El silencio tiene muchas maneras de expresarse. Incluso a través de las palabras. Una actitud silenciosa es una actitud receptiva, abierta, que sabe dejar que los acontecimientos fluyan sin querer influir en ellos. De qué manera: simplemente acogiéndolos, respetándolos y contemplando su evolución. Una persona silenciosa o que desea practicar el silencio, no necesariamente es una persona que apenas hable. Alguien que se atreve a hacer silencio puede llegar a hacerlo, incluso a través de la manera en que habla.

Hablar del silencio parece una contradicción, pero, entonces, ¿de qué manera podemos expresarnos acerca de él? Las palabras no pueden decir exactamente qué es el silencio, sin embargo, sí pueden tratar de definir su contorno. Podemos imaginarnos al silencio como un pozo. Se trata de un gran espacio que se abre hacia dentro, pero este espacio necesita de un contorno, una manera de asomarse a él. El brocal de piedra nos indica que se trata de un pozo y no, simplemente, de un hoyo en la tierra.

Hablar del silencio es hablar de nuestra propia experiencia del silencio. De lo que sentimos cuando tenemos una actitud silenciosa, cuando el silencio nos sorprende o cuando nos depositamos en él como en el fondo de un estanque. En cuanto vivencia, es personal e intransferible.

Hablar en silencio

¿De qué maneras puede hablar el silencio? De muchas. A menudo estamos tan cerca de él que ni lo notamos. La naturaleza constantemente se vale de este “lenguaje” para expresarse. El silencio tiene esta facultad: ser, por decirlo de alguna manera, un lenguaje sin lenguaje. Por lo tanto, se convierte en un medio de comunicación común a todo ser viviente. El árbol no habla con palabras y, sin embargo, su presencia, el color de sus hojas, su balancear, nos comunican cosas que le están sucediendo. Y no se diga si se trata del árbol de nuestra infancia.

El arte también se vale del silencio para comunicarse. No es que una obra de arte guarde silencio, muchas veces es por el contrario. Existen obras que son estridentes y que de silencio parece que no tienen nada. A lo que me refiero es a que el arte –estado del alma- requiere de silencio para expresarse, para ser.

Nosotros también podemos hablar en silencio. Pero esto requiere de un aprendizaje. Hablar en silencio significa aprender a escuchar y, al primero que hay que escuchar, es a nuestro corazón, a nuestro pensamiento. Después viene el otro, el que está a nuestro lado. Ser perceptivos, abrirnos, ser vacío para que el otro encuentre acogida en nosotros y salga también de sí.

Hablar al silencio

A manera de conclusión quiero reflexionar en torno al siguiente poema.

En la puerta del silencio
me encuentro conmigo.

Hombre: palabra,
gesto,
movimiento divino.

Cruzado el umbral
no me necesito más.

El poema nos presenta un espacio al cual entrar (en la puerta del silencio), es decir, nos habla del silencio como una dimensión. Un lugar en el cual podemos estar o no estar.

También nos habla de un posible encuentro y, además, de un encuentro personal, de una interiorización. Uniendo estas dos líneas, tenemos en el silencio un espacio de encuentro con uno mismo. Sin embargo, el poema no dice: “en el silencio, me encuentro conmigo”, sino que trata de situar este encuentro en el punto de entrada en contacto con el silencio.

Después, el poema hace como una descripción de los niveles en que sucede este encuentro. En primer lugar nos habla de la palabra, es decir, la dimensión de las ideas, de la manera en que concebimos el mundo, y, al mismo tiempo, la dimensión de lo social, ya que a través del lenguaje es como los seres humanos nos socializamos, pasamos de ser sólo animales para comenzar a ser seres racionales, seres de cultura.

La descripción continúa haciendo referencia al ser humano como un gesto. Con esto pretende situarlo en el plano de lo material. La persona es razonamiento y sentimiento, sí, pero también es carne y huesos y sensaciones.

“Movimiento divino”, termina diciendo esta descripción. El espíritu humano como parte de algo más grande, como un movimiento más de la creación. De esta manera, el pensamiento, el cuerpo y el alma, son las tres dimensiones de la persona que llegan al encuentro en la puerta del silencio.

Para concluir, el poema da un paso más. O nos hace dar un paso más y dice: “Cruzado el umbral / no me necesito más”.

Tenemos, entonces, que en el umbral el silencio se produce un encuentro, una reafirmación de lo que somos, pero que una vez nos adentramos en el silencio, no hace falta más. Sólo abandonarnos a lo que hay en él. A la paz y al gozo de estar siendo: sin cuestionar, sin juzgar, sin oponer resistencia. Ser, simplemente ser.

Javier Bustamante Enriquez, psicólogo social

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Murtra Santa María del Silencio

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